Arte Cinético.


Luis Cardoza y Aragón

En 1970, en el Museo de Arte Moderno, en la Galería de Exposiciones temporales, Federico Silva presentó una importante muestra de su trabajo más reciente en el terreno casi virgen o virgen en México, del arte cinético.

Habíamos visto antes, hacia mayo o junio de 1968, la exposición de arte cinético del argentino Julio Le Parc, abierta al público en el Palacio de Bellas Artes. La exposición de Federico Silva es mucho más compleja, más rica en novedad y en ingenio que la de Le Parc.

Ante estas creaciones nada tienen que ver, nuestros conceptos tradicionales relacionados con la apreciación y el gozo de la pintura, de la escultura, del cuadro, de la estatua, que han desaparecido totalmente.

La obra cinética destruye al propio cuadro. La concepción es radicalmente otra. Los materiales con que trabaja el artista cinético son la luz, el espacio, el movimiento y, en consecuencia, el tiempo, con participación del sonido y el color. Todos son elementos inmateriales, que para su manejo necesitan una utilización de técnicas modernas.

Indudablemente, la utilización de la técnica que hace Federico Silva es compleja, porque logra efectos de luz en movimiento con sincronizaciones de sonidos de interminable variedad. Contemplamos, seducidos, como hipnotizados, a ese infinito despliegue de mutaciones.

hace tiempo recordamos que al comentar el arte cinético destacamos la obra de Nicolás Schöffer quien ha afirmado que la luz reemplazará a los materiales sólidos: “Vamos –nos dice- hacia una desmaterialización del arte. Las “formas” tal vez están condenadas a muerte. Se accionará sobre los diez mil millones de neuronas del córtex” Nicolás Schöffer ha hecho entrar la cibernética en el arte.

Empezó a trabajara en tal dirección, hace unos veinte años. Ha llevado a términos proyectos gigantescos. Que yo sepa, hasta ahora, se han quedado en proyectos. Entre ellos resalta el de una torre cibernética, que se pensaba erigir en la bahía de Miami, vinculada a la tierra firme con túneles submarinos. Ante los artefactos de Federico Silva (vi activa sólo la sección del lado izquierdo entrando) intuyo, por los resultados que alcanza, que hay una tecnificación seria en sus obras.

Pienso que más bien que cinético es un arte lumínico; por medio de la luz logra el movimiento de sus imágenes. No es, quiero decir, el movimiento de elementos de aparatos, de desplazamiento de objetos. Son variaciones lumínicas; que en uno de sus artefactos más capaz, de mayor dimensión y de más posibilidades de cambios, de animación, alcanza a ser un curioso invento de formas, de vitrales momentáneos, dijera, como un gran caleidoscopio.

El arte cinético no imagina el movimiento. Realiza el movimiento. Ya no se trata de una imagen en movimiento, de la ilusión del movimiento, de una metáfora plástica del movimiento: hay en el arte cinético rotaciones, desplazamientos, reflexiones, juegos de luces sobre cuerpos o superficies en movimiento.

Lo alcanzado por Federico Silva en esta exposición en el Museo de Arte Moderno (en el Bosque de Chapultepec) es muy superior a lo que vimos de Julio Le Parc en el Palacio de Bellas Artes, hace dos años. La elementalidad de lo que conocimos de Le Parc nos dio experiencia pobre. Claro está que no es fácil transportar complicados y delicados artefactos, como estos que nos muestra Federico Silva, algunos de ellos, al menos, porque otros sí son sencillos.

Pero una de las características del arte moderno, o de una tendencia del arte moderno, es la utilización que hacen los artistas de la tecnología avanzada, para sobrepasar lo visual puro, para lograr la plena participación del espectador vuelto activo. Es decir, que el visitante se vuelva manipulador de las obras. Creación de ambientes o proposiciones de juego. Es Shöffer quien ha creado un instrumento generador de formas: el “Lumino”, anunciado hace años. Se dijo que se produciría industrialmente, y que se podría adquirir para tenerlo en casa, como se compra un radio o un tocadiscos. En vez de sonido, tendríamos fiestas ópticas, celebraciones visuales.

Recordemos la exposición Luz y movimiento, organizada en París, por Frank Popper, en el Museo de Arte Moderno, de mayo a octubre de 1967. La exposición recibió más de cien mil visitantes. Esta afluencia comprueba que obtuvo un gran éxito. Comprueba que el arte cinético, la luz y movimiento, responde una imprecisa necesidad lúdica de nuestros días.

Federico Silva, serio pionero entre nosotros, sabe que el arte cinético sólo empieza a desarrollarse. La ruptura con las rutas tradicionales es total y se abre un nuevo camino para un arte de masas. En el arte cinético lo móvil es su razón de ser. Nuestra contemplación, nuestra sensibilidad, siente que se opera un vuelco.

Tenemos que aprender, de nuevo, a ver. Es un acto creador de nuevo. Debemos limpiar nuestra mente de planteamientos anteriores. El movimiento siempre ha preocupado al hombre del arte. Lo encontramos ya figurado en la pintura rupestre. El cinematógrafo lo figura con nueva perfección y efectividad.

En el Renacimiento nos encontramos con las batallas de Uccello y, sobre todo, con el movimiento vuelto sensible en la obra de Tintoretto. Los futuristas trabajaron sobre la representación del movimiento, con gran pasión, tanto los pintores como los escultores.

La Victoria de Samotracia avanza en la proa y sus ropajes se despliegan y ondulan con la fuerza del viento. Los móviles de Calder, que al principio carecían de energía propia que los moviera, guardan relación distante con la obra cinética.

Otro escultor contemporáneo, Tinguely imaginó otro tipo de obra cinética, como aquélla que terminaba autodestruyéndose.

¿Qué son las obras cinéticas de Federico Silva? Su forma exterior no es lo importante, sino su producción dinámica óptica. Creaciones de orden técnico, que pueden ser multiplicadas en el taller o la fábrica. Recuerdo los efectos de la publicidad luminosa, las posibilidades de que se ha hablado en la creación de espacios ambientales comunitarios, a sus posibles aplicaciones en urbanismo. Recuerdo, asimismo, los espectáculos de luz y sonido, como el que tenemos en las pirámides de Teotihuacán.

En las obras de Silva el visitante no manipula los aparatos. No sé si en su intención está prevista la participación del espectador. No sé si esto es arte o si es que seguimos cometiendo la tontería, la arbitrariedad de pensarlo en relación a expresiones y formas que no sólo no tienen nada qué ver en el arte cinético sino que debemos rechazarlos de inmediato. Intuyo hacia donde va el arte cinético, pero no me mueve todavía, como pienso que lo alcanzará cuando vaya obteniendo más complejos desarrollos, y, sobre todo, cuando tengamos relación más constante con sus obras.

Su carácter mecánico, su ingeniosidad técnica, puede lograr creaciones singulares, extraordinarias. “La obra cinética – escribió Gilbert Lascaut -, es una máquina, pero que nada produce; máquina de fiesta, pierde la utilidad que define al objeto técnico; es una máquina pervertida, es a la vez parodia, exaltación e irrisión del universo industrial.”

Máquina de fiesta, dice Lascaut, sin la utilidad de objeto técnico; es decir, reclama nuestra contemplación y participación lúdica y, a veces, nos produce, en varia medida, animación emocional e imaginativa. Tiene peculiaridades, en consecuencia, de las artes tradicionales. El arte cinético es una expresión surgida por las posibilidades de la técnica al servicio de la imaginación.

Por no ser conocida en ámbitos públicos la problemática del arte cinético, dedicaremos otra información a la exposición de Federico Silva abierta en el Museo de Arte Moderno , en el Bosque de Chapultepec.

(Texto leído en Radio Universidad, 1970)