Kinemascopio.


Antonio Rodríguez

Preocupación vital del arte contemporáneo, el movimiento y la luz constituyeron, también la obsesión de muchos artistas en otras épocas decisivas del arte.

El barroco, para no retroceder a épocas más remotas, fue movimiento y luz o, con más precisión, movimiento y claro-oscuro, esto es sombra luz.

La voluta, con su evocación de ola; la espiral con la idea de movimiento sin fin; la elipsis con el dinamismo vital de los astros; la columna estípite con su afán de espacio, son la materialización de ese anhelo de movimiento que obsede al hombre.

Insatisfecho con el movimiento ritual derivado de las formas o de la posición del hombre en relación a ellas – en el barroco todo se mueve con el movimiento del hombre – el artista moderno quiso que el movimiento fuera auténtico, real.

Inventó para ello aparatos que con la ayuda de la mecánica y de la electricidad – o simplemente del agua, del viento o del fuego – fuesen capaces de moverse a fin de despertar en el hombre emociones estéticas de un tipo nuevo.

Los constructivistas rusos; el húngaro Moholy Nagi, más tarde Nicolás Schöffer y los cinéticos contemporáneos, crearon con sus aparatos una gama del arte susceptible de materializar los anhelos de todos los tiempos.

El Kinemascopio de Federico Silva fue el productor típico de este arte que se apoya en la ciencia y en la tecnología para provocar emociones y reacciones que el arte del pasado no pudo siquiera imaginar.

Al contrario de la escultura que vale por sí misma, el Kinemascopio concedió poca importancia al objeto. Le preocupaban los efectos – lumínicos, sonoros, dinámicos – derivados de su acción.

La electricidad y la música son sus alimentos. La primera le da movimiento y vida. La segunda, de acuerdo con la frecuencia de las ondas sonoras, hace variar sus combinaciones cromáticas. Las dos convierten lo que sin ellas sería un aparato inerte en un creador de fantasías.

Kinemascopio es un nombre arbitrario; pero no del todo. Combina la idea del movimiento – Kino – con la de calidoscopio ese aparato maravilloso que ayudo a la niñez del pasado a reconstruir sus sueños con pedazos de luz.

El creador del aparato de luz-movimiento y música que el Museo Tecnológico ha presentado desde hace varios meses a sus visitantes, es uno de los pocos artistas de la antigua Escuela Mexicana de Pintura, tal vez el único a quien el arte cinético conquistó en forma definitiva.

Realista en sus comienzos, Federico Silva llegó a reproducir a los seres humanos y a las cosas con la voluntaria fidelidad de que sólo son capaces quienes dominen los múltiples secretos de un oficio tan riguroso y exigente como la pintura.

En esa época realizó varios murales, uno de gran importancia, en la pared exterior de una escuela.

Aguijoneado, después, por la duda, que constituye uno de los más poderosos incentivos del hombre hacia la renovación, Federico Silva buscó más tarde, en otras latitudes (del espacio y del arte) , lo que el realismo y el expresionismo figurativo ya no podrían proporcionar a sus ambiciones creativas.

El estudio en los principales centros artísticos del mundo, la observación llevada a cabo en los museos y en los talleres de varios artistas, europeos y americanos, empujaron a Federico Silva al arte cinético.

Sus investigaciones posteriores en el dominio de la electrónica; su entrega absoluta a experimentos caros y sin patrocinadores; sus incursiones en el dominio de la creación musical por medio de sintetizadores; el esfuerzo que lo llevó a instalar en su propia casa uno de los laboratorios electrónicos más importantes del país y sus desvelos como profesor lo convirtieron en uno de los principales artistas cinéticos.

La exhibición de su Kinemascopio en el Museo Tecnológico constituyó una aportación del artista, que este museo agradece y valora, al patrimonio cultural de nuestro pueblo.

Publicado en 1971